jueves, 20 de junio de 2013

Entre las grietas (VII)

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VII

                Recuerdo la última vez que vi a Pedro. Fue en un bar del barrio, poco antes de que desapareciera sin dejar rastro junto con el menor de sus hijos. Estaba aterrorizado. Decía que no sabía cuánto tiempo iba a poder seguir manteniendo la cordura después de ver por lo que estaba pasando. Todo esto me contó, y que sabía que los sueños irían a peor. Pero eso no era lo que más le asustaba. Lo que más le hacía estremecer era que sentía que parte de él estaba dispuesta a cumplir cuanto Cornelius, al que había llegado a ver como un padre, por absurdo que pareciese, le había pedido. Y sí, fue entonces cuando desapareció una mañana con su hijo pequeño, y nadie ha sido capaz de volver a encontrar a ninguno de los dos. Su mujer no ha vuelto a saber de él, se dejó el móvil en casa, dejó el coche en el garaje y había vaciado la cuenta corriente.

                Lo habría dejado pasar como un suceso más pero algo me dijo que aquí había algo raro. Un presentimiento, una sensación ominosa en la boca del estómago. El caso es que decidí investigar un poco a Pedro Mejías, su pasado, e intentar cotejar todas las pistas que me había dado.

                Hablando con su madre, me confesó que Pedro era adoptado. Lo habían encontrado cerca de un puente cuando apenas contaba con unos días sin ningún tipo de nota, junto al cadáver degollado de una joven sin identificar, como luego pude saber gracias a los archivos del orfanato. Archivos que por suerte se trasladaron a otro lugar, pues el orfanato de San Atanasio ardió al poco de la marcha de Pedro de aquella institución. Sobre el padre y la madre biológicos de Pedro no había nada más que saber, era una vía muerta.

                Las investigaciones sobre Cthulhu me llevaron a meterme en temas esotéricos, básicamente cultos del fin del mundo y otras ideas blasfemas. Logré localizar un libro en la tienda de un librero judío de Toledo, una copia facsímil de un tomo mucho más antiguo sobre brujería y males mayores, el Necronomicón. Basura sobre brujería y temibles seres anteriores al hombre que volverían a ser los señores de la tierra. Preferí no prestarle más atención, aunque me llevé la copia del libro.

                Al cabo más o menos tres meses de su desaparición, investigando fútilmente sobre la llave, el señor Cornelius Schwartz (que resultó también conducir a cuatro o cinco callejones sin salida, llenos de malentendidos) y sobre el resto de lo que me contó, algo apareció en la prensa que me hizo estremecer. Era una noticia pequeña que no me hubiera llamado la atención si no hubiese sido por su fotografía. Un coleccionista de Clermont-Ferranz, en Francia, había sufrido un robo en el que, pese a haber piezas mucho más valiosas en su colección y mucho más portátiles, los ladrones sólo se llevaron un artículo, cuyo dibujo sostenía en la fotografía. Se trataba de una piedra negra, puntiaguda como un cuchillo de sílex pero más refinada, cubierta de arabescos dorados que producían una ominosa sensación de maldad y peligro. La coincidencia con la llave que me había descrito Pedro era como mínimo curiosa.

                Nada más pude averiguar y seguía sin novedad, hasta hará unas horas. El tremendo terremoto submarino que ha sacudido el mundo hoy mismo me ha sobresaltado sobremanera. Los aviones no consiguen entrar en la zona, pero los satélites parecen haber encontrado que una masa de tierra se ha alzado en el Pacífico sur. Se espera que varios tsunamis golpeen las costas pacíficas de Sudamérica, la Antártida, Australia, África y Asia, y que varias islas de Oceanía sean borradas del mapa en las próximas horas. Gracias a los satélites, sin embargo, han llegado noticias peores. Se ha filtrado una foto y, efectivamente, es una ciudad lo que ha vuelto a la superficie. Sus edificios son extraños y el ojo no parece capaz de identificar con claridad algunos de sus ángulos, ni si las esquinas van hacia dentro o hacia fuera.

                Pero para mí hay algo peor. Un detalle casi insignificante. En medio de la ciudad, que debe ser mayor de lo que podamos imaginar como ciudad, tal vez del tamaño de un país pequeño, hay un punto blanco que rompe con el negro, el verde oscuro y el marrón predominantes. Alguien logró hacer zoom, aunque a esa distancia, y con la resolución de la foto filtrada, no se pueden ver muchos detalles. El punto parece ser un barco, y dos figuras se encuentran en cubierta, una de pie y la otra tumbada sobre lo que parece un charco de sangre… y diría que el que está yaciendo es un niño.


                Que Dios se apiade de nosotros, si es que existe. 

miércoles, 19 de junio de 2013

Entre las grietas (VI)

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VI

                Al principio se alegró de haber hecho caso al doctor. El viaje por el Pacífico era algo que tendría que haberse permitido hacía mucho tiempo. Su mujer y los niños estaban encantados. Viajaban desde California, atravesando el Pacífico hasta Japón y haciendo escala en Hawaii. Sin embargo había momentos en el silencio de la noche, de madrugada, en los que Pedro no podía dormir. Se levantaba y salía solo a cubierta, momentos en los que inevitablemente se quedaba observando el horizonte en dirección suroeste. Tenía la sensación de que era un punto fijo en medio del océano vacío, ya que cada noche le parecía sentir cómo el barco avanzaba respecto a él. Al cabo de un rato en el que luchaba contra el impulso de echar a nadar hacia allí con todas sus fuerzas, volvía a la cama, soñando intranquilo con una enormidad que yacía bajo las aguas en una ciclópea ciudad hundida de ángulos extraños y curvas que eran a la vez cóncavas y convexas.

                Una noche se encontraba en cubierta mirando hacia el océano más allá del ecuador. Los juerguistas debían haberse retirado ya a sumirse en su sopor alcohólico, o tal vez a dedicarse a gozar de la compañía nocturna, el caso es que no había nadie por donde él se encontraba. Sumido en sus pensamientos un carraspeo a su lado le sobresaltó. Agitando la cabeza, saliendo de su ensimismamiento, Pedro miró a su derecha, de donde venía el ruido, y vio a un hombre extraño. Iba cubierto con chaqueta y corbata negras sobre una camisa gris oscuro y llevaba unos pantalones de corte japonés que le tapaban hasta los pies, que no se le veían. Pero, por estrafalaria que fuese su vestimenta, lo más raro era verle la piel.
                Sus rasgos eran totalmente caucásicos, sin embargo, su piel era negra como un tizón, como la de los africanos más oscuros, quizá más. Y era calvo, ni un pelo se veía en su redonda cabeza. Tan oscuro era que la luz de las estrellas se reflejaba en su piel, creando un resplandor maligno y malsano. Cuando el hombre habló fue como si arañase cristal, a la vez que su voz permanecía grave y perfectamente entonada.

                -No puede dormir, ¿verdad? A mí estos viajes en barco siempre me marean. De ser posible viajaría bajo las aguas…

                Pedro se sorprendió de la extraña voz del hombre estrafalario y siniestro que estaba a su diestra, y no pudo evitar que un ligero escalofrío recorriese su espalda pese a lo caluroso de la noche.

                -¿Pero dónde está mi educación? Soy Schwartz, Cornelius Schwartz- el extraño tendió la mano.

                -Pedro Mejías-le devolvió el saludo, extrañado. Desde luego, el hombre no sonaba nada a alemán con un acento bastante neutro-. ¿Se encuentra también de vacaciones, señor Schwartz?

                -Por supuesto. Llámeme Cornelius.

                Cornelius y Pedro se quedaron hablando hasta casi la salida del sol. Su conversación versó de temas de ciencia, arqueología, astronomía… temas todos que interesaban a Pedro y de los que el visitante parecía tener un profundo conocimiento. Le preguntó por su camarote para poder continuar la charla, pero el ahora ya no tan extraño prefirió dejar que volviera a ser la casualidad quien les volviese a unir.

                -Para estas cosas suele ser sabia. Cuídate, Pedro.

                Dos cosas le llamaron más tarde la atención a Pedro. Durante toda la velada con Schwartz nadie había aparecido por cubierta, ni siquiera personal del barco, era como si hubiesen estado completamente a solas. Y otra cosa le turbó más aunque en un principio no supo decir por qué, pero sobre todo fue la manera paternal en la que le pareció que Schwartz le trataba, y sin embargo, en su momento le pareció lo más natural del mundo.

                El crucero prosiguió y Pedro seguía sintiendo cómo se movía respecto a su punto de atención. Siguió despertando por las noches, y en muchas de ellas volvía a encontrarse con Schwartz, que cada vez le tenía más fascinado con sus doctas enseñanzas. El hombre era desde luego un caudal inagotable de nuevos descubrimientos y por eso no dudó de él cuando, poco a poco, empezó a meter también temas esotéricos en sus conversaciones, hablando de cómo la magia y las matemáticas no eran sino aspectos distintos de la misma cosa, que era la manipulación del espacio con la pura fuerza de la mente, pero que aún no estábamos preparados para desarrollarlo por vía matemática. Hablaba de geometrías extrañas, de dimensiones fuera de la nuestra, de nuevos universos y de todo lo que se ocultaba aún en este. De leyendas que se contaban sobre razas capaces de surcar los infinitos vacíos entre las galaxias y de surcar los cielos impulsados por los vientos solares de millones de estrellas muertas. Comenzó a hablar de seres más antiguos que el hombre y que el universo mismo, y de cómo estos seres que ahora se hallaban en declive volverían a alzarse. Y de todo esto le habló durante el transcurso de muchas noches. Empezaron a incluir a Crowley y a otros grandes ocultistas en la conversación, y a hablar sobre lo frágiles que son en verdad los muros de lo que llamamos realidad y lo fácil que sería romperlos si tuviésemos la piedra adecuada.
                Y mientras sus noches con el paternal Cornelius le sumían en un frenesí de nuevas revelaciones y de incógnitas sobre el cosmos que nos rodea, Pedro iba dejándose día a día, casi olvidándose de la presencia de su mujer y los niños, y llegando en ocasiones a considerarlos una molestia para sus excursiones nocturnas. Sabía que su mujer sospechaba que le era infiel y se reía al ver lo lejos que se encontraba de la auténtica raíz de lo que pasaba.

                Durante una de las últimas noches de crucero Cornelius le aseveró que esa sería la última vez que le vería a bordo de ese barco, pero que volverían a encontrarse más adelante. Le dijo que cuando fuese el momento adecuado irían juntos hacia el lugar que tanto le llamaba y dejarían atrás todos los problemas del mundo rutinario y común en el que se hallaba inmerso. Se despidieron con un abrazo que dejó a Pedro la impresión de estar tocando brasas.

                La llegada a Japón transcurrió sin más incidentes, y que las noches pasadas hubiesen sido de tranquilidad por parte de él ayudó a que la mujer de Pedro desechase sus sospechas, al menos de momento. Llegados al puerto de Osaka un bus les llevó al hotel, y a la mañana siguiente un tren les llevó al aeropuerto de Kansai, desde donde partieron de vuelta a España.

                Durante su largo viaje el semblante peculiar de Cornelius volvió a él en sueños. Esta vez llevaba una larga túnica negra que le cubría hasta los pies, y le esperaba en una cámara de húmedos ladrillos en las paredes. Sin decir nada a pesar de llevar una leve sonrisa en su negro rostro, señaló un corredor iluminado débilmente con pebeteros a lo largo de su recorrido. Pedro le siguió sin dudarlo.

                A medida que avanzaban Pedro podía oír cánticos y, aunque no identificaba las palabras ni el idioma, lo entendía perfectamente. Hablaban de cómo el Anciano se alzaría en su trono de piedra cuando las estrellas estuviesen alineadas y de que nada podría resistirse a su poder. Sólo la llave hacía falta. La llave que sólo alguien de la sangre del Caos Reptante podría conseguir.

                Cornelius le llevó a una cámara mucho mayor, tanto, que podría haber contenido una pequeña ciudad en su interior. El techo se perdía en la oscuridad, al igual que el fondo. En ese momento a Pedro le pareció bastante plausible considerar que tales cosas no existían ahí. Hacia el centro de la estancia (o lo que a Pedro le parecía, ya que no veía el fin de la habitación) había una reunión de figuras en una plataforma de piedra, cuyo tronco se perdía en las tinieblas de abajo. Antorchas con un fuego verde de color enfermizo las iluminaban. En la estancia había más pilares de piedra, enormes, que también se hundían en la negrura. Todo parecía unirse entre sí con una red de pasarelas de madera unidas por cuerdas con un aspecto de lo más inseguro, como la que rodeaba la sala, que era en la que Cornelius y Pedro se encontraban contemplando la escena. Los cánticos que se habían estado oyendo durante todo el trayecto provenían del grupo de encapuchados…

                Cornelius empezó a dirigirse hacia ellos y Pedro le siguió. Sobre las pasarelas de madera y cuerda de aspecto endeble pasaron, mientras estas se bamboleaban peligrosamente y sin cesar. Con paso ágil y seguro llegaron ante el grupo, una caterva de seres deformes en su mayoría humanoides, pero con facciones y rasgos que los marcaban claramente como algo distinto. Había incluso una masa informe y mutante de la que surgían y desaparecían ojos y bocas constantemente, y varios tipos de extremidades, siempre distintas y cambiantes…
                Todos, sin excepción, se inclinaron ante la llegada de Cornelius y Pedro. Este le conminó a que avanzara hacia el centro.

                -Ahora, hijo mío, observa cuál es la llave que abrirá la tumba del gran Cthulhu, que yace muerto y dormido en su ciudad de R’lyeh, al que tú sacarás de su sueño.

                Ante Pedro se materializó una piedra negra con arabescos dorados por toda su superficie, alargada y de aspecto terrible. Pedro se estremeció al verla. Acababa en una punta de apariencia cruel y despiadada.

                -Para que sea efectiva deberá bañarse en la sangre de uno de mis descendientes, directamente desde su corazón, sobre la vieja R’lyeh, hundida en el sur del Pacífico…

                Y Pedro se despertó gritando.

Continuará... AQUÍ

martes, 18 de junio de 2013

Entre las grietas (V)

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V

                Cada vez era peor. Más y más noches despertándose inquieto, sueños en los que le perseguía una presencia indefinida, caras que veía en la calle con mayor frecuencia y que sabía que le seguían y vigilaban. Eran esos rostros, por otra parte normales, los que parecían darle la razón al pensar que algo siniestro le quería para sí. No sabía qué era, o quién, pero cada vez estaba más seguro de ello. No se atrevía a confesar a su mujer la causa de sus terrores nocturnos, así que cuando se desvelaba y ella se daba cuenta aducía como causa el estrés, las dificultades laborales de la temporada y otros motivos mundanos.

                Al fin y al cabo, ¿qué iba a decirle? ¿Qué algún tipo de presencia infernal le controlaba? ¿Qué algo de fuera de este mundo pretendía hacerse con él para algún propósito desconocido? Era absurdo, ni él mismo se daba crédito a veces, pero con el tiempo esa hipótesis iba cobrando fuerza en su cerebro y cada vez le era más difícil descartarla. Así que se decidió a tomar cartas en el asunto y tomó lo que le pareció la única opción sensata.

                Se fue a visitar a un especialista.

                La consulta del doctor N. P. T. Laryan estaba en el distrito más moderno de la ciudad. En una torre de acero y cristal, desde sus amplios ventanales podía divisarse toda la ciudad, incluso el tráfico cincuenta pisos más abajo parecía estar casi en otro planeta, ser un problema de una escala mucho más pequeña. El despacho estaba decorado con gusto, desde luego. La decoración se basaba en motivos egipcios y había cuadros exponiendo pergaminos con jeroglíficos y pinturas de faraones. Una cuidada imitación del busto de Nefertiti presidía la estantería que se hallaba tras la mesa del doctor, un estiloso armazón en acero negro y vidrio, sólido y elegante, donde reposaba un ordenador personal, varias resmas de papel y una hermosa pluma con un búho, también al estilo de las tierras del Nilo. Unas cómodas sillas giratorias descansaban sobre la moqueta.
                Pedro descansaba sobre un diván que se encontraba junto a las ventanas que ocupaban toda la pared, separado del abismo por una gruesa capa de cristal. Respiraba tranquilo, arrullado por la suave voz del colegiado.

                -¿Y hace cuánto que estos sueños le acosan, señor Mejías?

                -Harán ya cuatro meses, doctor.

                -¿Y dice usted que no tiene ningún tipo de estrés laboral?

                -No más de lo normal, doctor. Alguna situación difícil tengo a diario, pero nada que no pueda resolverse con tesón y trabajo- suspiró Pedro -. Nada digno de mención, la verdad.

                El doctor Laryan se acarició la perilla, pensativo. Escribió en su libreta mientras ajustaba sus gafas de montura metálica redonda, y se pasó la mano por el pelo, que ya empezaba a clarear, antes de hablar con ese acento suyo tan inidentificable.

                -Debo decirle que se equivoca usted, señor Mejías. Sufre usted mucho más estrés del que cree. Aunque sea en cantidades pequeñas al final pasa factura. Se acumula día a día, y si no hacemos nada por liberarlo podemos acabar con reacciones paranoicas, como la suya, aunque casos de pánico, ansiedad, baja autoestima y depresión también son muy comunes.

                -Vaya… ¿Qué puedo hacer, doctor?

                El doctor Laryan agarró su bloc de recetas con un grácil ademán y garabateó algo con suma velocidad.

                -Para empezar, tómese una de estas al día. Son unas pastillas fuertes, pero aliviarán sus síntomas.

                -Si usted lo dice, doctor…

                -Y después, en cuanto tenga la oportunidad tómese unas vacaciones. Vaya a algún país tropical, haga un crucero por el Nilo con su mujer, visite los Alpes… es importante que sea un cambio de escenario y que usted se relaje.

                -Gracias, doctor.

                -No hay de qué. Relájese, señor Mejías. Su corazón y su cordura se lo agradecerán.

                Pedro salió de la consulta, y mientras el ascensor le llevaba a la calle su sensación de alivio iba en aumento.

Continuará... AQUÍ

Between the cracks (I-IV)

Versión inglesa, para la versión en español pinchar AQUÍ

BETWEEN THE CRACKS

I
                Haven't you never had the feeling of being watched, maybe even in a moment of pure privacy? Do you know how annoying is it? I do. I've always felt as if there would be somebody staring me every time. And, let me tell you, it's an extremely unpleasant sensation. Paranoia, that's how my doctor calls it.
                Anyway, it's the same, the ones who scrutinize me aren't important. But in Pedro Mejías' case, exemplary family guy, the perfect husband, the ideal workmate, it was going to intail something more than a mild disorder in his life...

II
                As every morning, Pedro went to the garage to take his run-around car out to the road to go to work. He felt happy, he was a man who had everything, a beautiful family, a faithful and nice wife, an interesting and well-paid job. He knew he was the envy of all his neighbourgs and acquaintances.
                However, that morning, as he arrived to his block parking something gave him the impression of not being alone in the quiet hall. The light from a fluorescent with a poorly set up ballast flickered botherringly away, and beyond there was only darkness. Before getting into his car Pedro stood with his keys on his hand staring to the dark... and he would have sworn that the darkness gazed back at him.
                He shook his head and got into the car. He discarded those thoughts which took him nowhere and drive out through the garage door, being not able to avoid a tiny shudder just before his lights hit the dark where, as you could think, was nothing.
                Without no more delay he joined the traffic and headed to the office.

III
                He was working restlessly all day long, which had hindered him from being as concentrated as he shoulded, and therefore he haven't been able to end Mr. Farias' account in time, so he had to see how his workmates left at their appointed hour while he waited for dusk from his cubicle. He was so absorbed by his work that he even didn't notice the nightfall.
                When he ended at last he realized his solitude. Maybe some of the janitors was still in the building, but his floor suddenly seemed to him very dark and lonely. It was then when he heard, not, felt, a breathing, a pulse that grew and grew in that same room, but there was nobody making it. Pedro wasn't able to discer from where it came.
                All of a sudden, he stood up looking all around, nervous and frightened. His heart jolted. He was convinced that there was a presence in that room althought his eyes couldn't see anything. However, he was sure that there it was, staring him directly in the eye.
                Without turning the lights out Pedro stood up, put on his coat and got ready to go out through the door.
                It was closed. It looked like locked. Pedro struggled with the door knob to see if it gave, when he realized that he was trying only in one direction, inwards. He pushed outwards and the door opened when he was about to have a heart attack.
                With nervous steps he made his way to the elevator feeling like some burning eyes like embers drilled his nape. He tried to feign strenght and not to look although the whole of his spirit told him to turn around. But he  was reluctant to give to unreason and, as the sane person he was, slowed down and reached the elevator without any more complications. The doors slid shut behind him with a comforting "clonc".

IV
                He ran. Step by step, brath by breath, he ran with all his soul. Something chased him off, something large, terrible, dark and cruel. His heart was about to get off his chest as he was dashing so fast and breathing was like taking a thousand pins inside his chest, but he couldn't stop running for the soul and the life of him. He felt the fetid breath of death... no, not death, something worse, pouring hot and unmerciful through his back, reaching his nape. He could feel how its claws slashed the air and how unparalleled hatred and wickedness confined themselves in an amorphous and undefinable figure, a trembling shade which only immutable feature were those terrible eyes of fire that he didn't seem but which he needed not to gaze to know that they were there.
                It was getting closer each time.

To be continued... HERE

lunes, 17 de junio de 2013

Entre las grietas (I-IV)

Spanish version, for the English version look HERE

ENTRE LAS GRIETAS

I

                ¿No han tenido nunca la sensación de ser observados, incluso quizás en un momento de absoluta intimidad? ¿Saben lo molesto que resulta? Yo sí. Siempre me he sentido como si alguien estuviese mirándome en todo momento. Y, déjenme decirles, es una sensación sumamente desagradable. Paranoia, lo llama mi médico.
                De cualquier manera, es igual, los que me escrutan no son importantes. Pero en el caso de Pedro Mejías, ejemplar padre de familia, marido perfecto, el compañero de trabajo ideal, iba a suponer algo más que un leve trastorno en su vida…

II

                Como todas las mañanas, Pedro bajó al garaje a sacar su utilitario a la carretera para ir a trabajar.  Se sentía feliz, era un hombre que lo tenía todo, una hermosa familia, una esposa fiel y agradable, un trabajo interesante y bien remunerado. Sabía que era la envidia de los vecinos y de sus conocidos.

                Sin embargo, esa mañana, al bajar al aparcamiento de su bloque le dio la impresión de que no estaba solo en la silenciosa estancia. La luz de un fluorescente mal cebado parpadeaba de forma molesta a lo lejos, y más allá sólo había tinieblas. Antes de subir en su coche Pedro se quedó con las llaves en la mano mirando fijamente la oscuridad… y juraría que la oscuridad le devolvía la mirada.
                Sacudió la cabeza y se metió en el coche. Desechó esos pensamientos que no le llevaban a ninguna parte y salió por la puerta del garaje, sin poder evitar un pequeño estremecimiento justo antes de que sus faros iluminaran la zona oscura en la que, como era de suponer, no había nada.

                Sin más dilación se incorporó al tráfico y se dirigió a la oficina.

III

                Llevaba todo el día trabajando intranquilo, lo cual le había impedido concentrarse como era debido, y por lo tanto no había podido terminar la cuenta del señor Farias a tiempo, así que tuvo que ver como sus compañeros se iban a su hora mientras él esperaba el anochecer desde su cubículo. Tan ensimismado estaba con su trabajo que ni se dio cuenta de la caída de la noche.

                Cuando por fin terminó se percató de su soledad. Quizás alguno de los bedeles se encontrase en el edificio, pero su planta le pareció de repente muy oscura y solitaria. Fue entonces cuando oyó, no, sintió, una respiración, un pulso que crecía y crecía en esa misma habitación, pero que no había nadie produciéndola. Pedro no era capaz de discernir de dónde venía.
                Súbitamente se puso en pie mirando a todas partes, nervioso y asustado. Su corazón daba tumbos. Estaba convencido de que había una presencia en esa habitación aunque sus ojos no pudieran ver nada. Sin embargo, estaba seguro de que ahí estaba, mirándole directamente a los ojos.

                Sin apagar la luz Pedro se levantó, se puso el abrigo y se dispuso a salir por la puerta.

                Estaba cerrada. Parecía que con llave. Pedro forcejeó con el pomo a ver si cedía, cuando se dio cuenta de que sólo estaba intentándolo en una dirección, hacia adentro. Empujó hacia fuera y la puerta se abrió cuando estaba ya a punto de darle un ataque.

                Con pasos nerviosos se encaminó al ascensor notando como unos ojos ardientes como ascuas le perforaban la nuca. Intentó aparentar fuerza y no mirar aunque todo su espíritu le decía que se diese la vuelta. Pero él no estaba dispuesto a ceder a la sinrazón y, como persona cuerda que era, redujo el paso y alcanzó el ascensor sin mayores complicaciones. Las puertas se cerraron detrás de él con un reconfortante “clonc”.

IV
                Corría. Paso a paso, aliento a aliento, corría con toda su alma. Algo le perseguía, algo grande, terrible, oscuro y cruel. El corazón iba a salírsele del pecho de tan acelerado y respirar era como meterse un millar de agujas en el pecho, pero por su vida y por su alma no podía dejar de correr. Sentía el fétido aliento de la muerte… no, no de la muerte, de algo peor, derramarse cálido y sin piedad por su espalda, alcanzando su nuca. Podía sentir como sus garras cortaban el aire y como un odio y una perversidad sin parangón se confinaban en una amorfa e indefinible figura, una sombra trémula cuya única característica inmutable eran esos terribles ojos de fuego que no veía, pero a los que no le hacía falta mirar para saber que estaban ahí.

                Se acercaba cada vez más.

Continuará... AQUÍ